Pareja

¡Cómo te conocí!

Leyendo hace unos días recordé que nunca te conté cómo me acuerdo yo, de cómo te conocí. Y perdona si me memoria me falla, pero creo que lo recuerdo mejor yo, que tú.

Era enero del 98, en el puente de reyes exactamente, no recuerdo si era viernes o sábado, yo, una niña recién salida del colegio, menor de edad, trabajaba en una tienda mientras organizaba mi futuro, y llegaste tú, con esa escultural figura. Hombre alto, más trigueño que blanco (nunca me gustaron muy blanco ni monos), con una espalda de ensueño (cabe aclarar que tengo un fetiche con la espalda masculina, me transporta a los más oscuros deseos), sonrisa contagiosa y un poder de labia que me dejó sin respiración.

Nunca lo he negado, yo no caminaba, levitaba; después de indagar y preguntar me enteré que eras cliente frecuente, no asiduo, pero que ibas una que otra vez. Cabe aclarar que me advirtieron de no meterme contigo porque eras mucho más recorrido que yo, además de ser un canino en toda la expresión. Pero como buena niña no escuche, para mí fue: AMOR A PRIMERA VISTA.

En otra oportunidad te volví a ver y ya era evidente mi gusto por ti; como buen hombre experimentado en el arte de la conquista, lo detectaste y me seguiste el juego. ¡Ah!, tiempos aquellos en que me ingenuidad me permitía sonreír no más con verte.

Este personaje, como buen canino, nunca se comprometía; pero me enredaba de tal manera que yo pensaba que él era un buen muchacho y que “no le temiera a que me dejara amar, no me iba a doler”. Como buena tonta iba y venía, me echaba el cuento y como yo no accedía, se perdía por varias semanas (me podría gustar mucho pero, le temía más a mi papá.) Después de mucho tiempo entre “ires y venires”, la vida misma se encargó de separarnos.

Como la vida es caprichosa nos volvió a poner en el mismo camino, pero en diferentes circunstancias. Eso quiere decir que aún tenías un chance más para lograr lo que no habías obtenido unos años atrás; un poco más aterrizada, pero ingenua todavía, esta vez sí me dejé llevar por las mieles del amor con mi príncipe peludo, recordemos que la raza de él era “chau, chao” (Chow Chow), porque de azul nada.

Ha pasado más de una década desde que decidimos probar, y aunque casi me doy por vencida en el curso intensivo de rehabilitar gamín… como diría una gran amiga mía. No siempre han sido buenas experiencias cada una de las cosas, situaciones, acciones y brotes de locura esquizofrénica. No me arrepiento hoy, los buenos momentos nos robaron sonrisas dejando agradables recuerdos; los que no fueron tan buenos nos despojaron de lágrimas, impotencias, sinsabores que con el tiempo nos regalaron la fortaleza y enseñanza para afrontar otras venideras.

No sé si vamos a seguir juntos por mucho tiempo o por poco. Solo sé que contigo aprendí que amar. No es solo sexo, familia no es consanguinidad de sangre, que el silencio y el bullicio es igual de agradable, que no podemos predecir ni planear todo en esta vida y que no hay nada más agradable que saber que tu amigo es tu amante y socio de vida. Te AMO.

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